
En la sala, prioriza una luz ambiental a 100–150 lux para conversar sin fatiga, con lámparas de lectura enfocadas a 300–500 lux junto al sofá. Atenúa reflejos en pantallas con ángulos bajos y apoya cuadros con bañado suave. El resultado es convivencia natural, sin focos que acaparen miradas.

Para el dormitorio, busca 2–5% de la potencia diurna al anochecer, con 2700 K cálidos y encendidos diferidos que invitan al descanso. Luces de cortesía cerca del suelo guían de madrugada sin despertar. Un amanecer gradual, programado, sustituye alarmas agresivas y prepara el ánimo con gentileza diaria.

La cocina exige precisión sin nerviosismo. Combina luz general homogénea con tiras bajo alacenas que eliminen sombras de manos, y acentos sobre la mesa para reuniones. Superficies mate evitarán brillos sobre encimeras. Con controles rápidos y escenas predefinidas, pasas de preparar a compartir sin romper el ritmo.
Recorre tu casa al amanecer, al mediodía y de noche. Identifica brillos molestos, sombras duras y cables expuestos. Anota qué tareas realizas en cada rincón y cuánta luz realmente necesitas. Ese inventario sencillo dirige inversiones, evita compras impulsivas y prioriza acciones que devuelven calma inmediata y medible.
Empieza por reguladores, difusores nuevos y cortinas livianas. Coloca tiras bajo repisas, cambia bombillas deslumbrantes por versiones cálidas regulables y oculta cargadores con organizadores. Verás mejoras instantáneas en confort y orden. Luego, evalúa integrar control centralizado cuando la familia haya adoptado hábitos cómodos y coherentes.